En las letras

En las letras es un cuento sobre la nostalgia de estar en un país frío y lejano. Aparece en el libro Irse y quemarlo todo. 




 En las letras

Después de dos semanas seguidas trabajando en la construcción, por fin le daban un descanso. Era miércoles y decidió ir al corazón de Toronto a tomarse una fotografía en las letras, quizá el lugar más visitado de la ciudad.

Salió de la estación de Queen y en la avenida caminó hacia la izquierda, cruzó Victoria y al llegar a Bond St, se dio cuenta que estaba caminando en sentido contrario, pues las letras de la Plaza de Nathan Phillips se encuentran del otro lado. Pasó por el viejo edificio del Ayuntamiento y comenzó a tomar fotos, al acercarse a las columnas, vio las caras de piedra y se preguntó la razón de esa burla, porque seguramente se trataba de una burla, pues solo había rostros deformes y graciosos.

Era la primera vez que estaba ahí, por ello lo sorprendió el bullicio, el aleteo de las gaviotas que esperaban atentas algo para comer. Vio el camión azul que vendía hamburguesas y el otro de helados, por alguna razón esto lo hizo pensar en las películas, siguió y se encontró con las mesas para jugar ajedrez y por fin las letras, el espejo de agua y de fondo el espectacular City Hall.

Con timidez se acercó hasta el filo del agua y esperó a que los que se hacían fotos terminaran. Cuando por fin tuvo la suya, se fue a sentar a una de las bancas para publicarla en sus redes sociales, porque lo bueno de estar lejos son los recuerdos. Pasaban de las doce y ya tenía hambre, porque de estar en su trabajo sería la hora del lunch. Le pareció muy tradicional el camión azul así que se acercó y mientras lo hacía recordó la comida callejera de su país, por ejemplo, las tortas gigantes que se venden en esas casetas que casi todas están pintadas igual. Pidió una hamburguesa doble cheese, papas fritas y un refresco de dieta. Pagó con un billete de diez dólares y le regresaron cambio. Se preparó su alimento con cebolla, capsu, mostaza y aceitunas. Se fue a sentar a la banca, disfrutaba cada mordida porque estaba deliciosa, era un momento de descanso. Además de comer y ver a turistas de todas partes del mundo, se puso a pensar en él, realmente se encontraba muy lejos y la distancia le pesaba en los hombros, aunque recordar que allá sus hijos y su esposa dependían de él, lo animaba, ya que trataba de darles mejores condiciones de vida.

Al terminar de comer, buscó el bote de basura más cercano para echar el plato de unicel, regresó a la banca, porque ahí se sentía muy cómodo. Observaba y mientras lo hacía pensaba lo que debía hacer esa tarde, también en lo que vendría en los siguientes días. El invierno estaba próximo y el frío ya se sentía, esto sería algo nuevo para él, pues conocería la nieve, incluso le habían platicado que el espejo de agua que tenía enfrente se congelaba y la gente se ponía a patinar. Se lo imaginaba y no podía esconder su sonrisa.

Estaba tan ensimismado que no le dio importancia a la persona que se sentó a su lado. Después de unos minutos lo volteó a ver, era un hombre común y corriente, con facciones latinas por lo que supuso que hablaba español. Aquel sujeto usaba unas botas color café claro que no eran ni para la nieve, ni contra el agua, eran más bien para el campo. El pantalón era de mezclilla, se veía limpio, pero muy gastado.

Aunque lo que realmente llamó su atención fue con lo que se cubría, una especie de poncho que le recordó a los de su pueblo, esos de lana que en la espalda tienen apellidos como Alfaro.

—Ya va a empezar el frío —le dijo el tipo en un español que le pareció cercano, mientras se acomodaba su poncho.

—Sí, ya se siente.

Luego hubo un rato de silencio, pero él no se sintió incómodo, por el contrario, escuchar una voz familiar le alegró la tarde y comenzaron a platicar del trabajo, del país y sin darse cuenta él le contó mucho sobre su vida.

—Es que estoy haciendo todo esto por mi familia, para mandar dinero y que estén bien. El trabajo es pesado, pero ¡qué chingados! A eso vine, a partirme la madre, aunque llueva o caiga nieve, todo para ellos. Sé que van a ser algunos años, pero no importa me la voy a rifar el tiempo que sea necesario.

—Sí, lo sé. La mayoría de los que migran es lo que buscan y fíjese que según vienen por seis meses y se quedan años; en ese tiempo les ocurre de todo, porque la vida acá es canija, unos no lo logran, lloran cuando llaman a su familia y se ve que sufren, otros mejor se regresan porque no se adaptan y hay unos, afortunadamente los menos, que se quedan sin aliento.

—En eso tiene razón, amigo, por eso hay que echarle madrazos, porque es para ellos.

—Pero, oiga, sin que se enoje, uno nunca sabe, ¿qué tal que su último día le toca estando aquí?

—¿A qué viene esto?

—Nada, solo que a veces no queremos pensar, pero es algo que puede ocurrir, ya que nadie tiene la vida comprada.

—Pues no me preocupo, para qué, cuando te toca te toca, aunque te quites o, aunque te pongas, es inevitable, pues ¡qué chingados!

—Sí, pero, vamos, si usted supiera esa fecha, ¿qué haría?

—Pues lo primero, mentarle la madre a la muerte por cabrona.

—Amigo, pero ella qué, si, digamos que solo está haciendo su trabajo.

—¡Qué trabajo de mierda! Aunque ahora que lo pregunta, yo creo que hablaría con mi esposa, con mis hijos, trataría de no alarmarlos, les diría que los quiero y que no se preocupen por mí, les daría un consejo, no sé, aprovecharía para quererlos, para despedirme y escuchar su voz por última vez. Luego, iría a depositarles todo el dinero que tengo, para que acá no se quede nada. Ordenaría mis asuntos, mi ropa y mis cosas se las regalaría a los paisanos, porque hay muchos que llegan sin nada. Recorrería algunas calles de Toronto, subiría a la Torre y hasta iría por unos tacos de birria a la calle de Augusta.

Después hubo silencio y esta vez se sintió incómodo, por alguna extraña razón la pregunta de ese hombre que le pareció común, pero sobre todo su respuesta, le supieron mal, como un presagio. Realmente nunca se había preguntado qué sería de él y de su muerte, porque a nadie le gusta darle vueltas a ese tema que jode mucho, menos cuando hay un motivo para aferrarse a la vida, como la familia.

La tarde se comenzó a enfriar, los turistas seguían disfrutando de la ciudad, mientras que las gaviotas volaban de un lado a otro buscando comida hasta que hicieron un alboroto peleándose por unas papas que alguien les tiró. De golpe entendió su situación, el sujeto lo miraba de forma paternal, en ese momento se levantó porque tenía que ir por unos tacos a Augusta, subir a la Torre, depositar todo su dinero, regalar sus cosas a los paisanos y llamarle a su esposa y a sus hijos, porque realmente se comenzaba a sentir frío.




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