La esquina de la miseria
Este cuento forma parte de No actos de enamoramiento, es un libro digital y gratuito que puedes descargar aquí:
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La esquina de la miseria
En esa
esquina hacían parada las combis y los micros, de un lado estaba un recinto
católico que había puesto púas en las jardineras para que nadie se sentara y
los árboles los podaban de tal manera que casi no daban sombra. Del otro lado
había locales y de entre ellos un puesto de papas que estaba abierto casi todo
el día y que posiblemente enfermaría a gente de la India.
La encargada de checar los tiempos del transporte público
era una mujer con el cuerpo parecido a un trompo de pastor y lo sabía, pues no
faltaba el chofer que se hacía el gracioso y le decía pastora. La pastora
recibía diez pesos de cada uno de los choferes, parecía casi nada, pero durante
horas y poco a poco se juntaba buen dinero y realmente no era mucho lo que
hacía, solo apuntaba los números de los carros que pasaban y sus tiempos, de
vez en cuando gritaba el destino de las combis, aunque todos en la parada
estaban pendientes, así que no era necesario, aun así, lo hacía. A veces
colgaba una bocinita y ponía guarachas y cumbias que alegraban un poco la
esquina.
Ella estaba por las tardes y a eso de las ocho treinta de
la noche terminaba, todavía pasaban combis y había algunos pasajeros, pero para
esa hora ya había recogido sus cosas. No le molestaba que le dijeran pastora,
mejor que se fijaran en eso y no en sus otros defectos, como su pie izquierdo
más corto, las manchas en los brazos que parecían un salpullido permanente o la
falta de varios de sus dientes o de su aliento o de su forma de hablar
arrastrando las palabras e imitando el acento de los capitalinos, no, mejor que
le dijeran pastora, después de todo así era su cuerpo, por alguna extraña razón
sus piernas eran muy delgadas y su estómago abultado y sus senos grandes y su
espalda ancha, ni modo, la genética o quizá lo que comía, pues no perdonaba la
bolsita de papas que le ofrecían, ni el refresco que algún chofer le invitaba.
El trabajo no estaba tan mal, en su horario no había
tanto calor ni se asoleaba y el de las papas le dejaba guardar un banquito de
plástico para no estar de pie durante horas, pero eso sí a las ocho treinta
estaba lista porque pasaba la combi que la dejaba en su casa. Esa era su rutina
de lunes a viernes, los sábados solo estaba hasta las seis y los domingos no
iba, realmente no se quejaba, en su condición y con sus años no se podía
quejar, tenía una fuente de ingresos que muchas mujeres ya quisieran.
A la hora que se iba entresemana, había poca gente, solo
los últimos pasajeros, pues parecía que a las nueve todos estaban en casa, era
en ese momento que las ratas se asomaban buscando algo de comida, salían de las
alcantarillas y se acercaban a donde se estaban haciendo las papas y corrían de
regreso cuando pasaba algún carro. Ese local cerraba tarde y era el único que
vendía comestibles en esa cuadra. La higiene no era la mejor comenzando con el
aceite en donde se freían las papas y chicharrones, pues era negro al punto que
parecía del que usan los micros, es por ello que el olor se esparcía por todos
lados, como es de imaginarse el aceite no se cambiaba, ni siquiera se
traspasaba, siempre estaba en el cazo y cuando bajaba o se necesitaba más, se
vertía lo que hiciera falta. El cocinero era un experto y solo con ver sabía
las cantidades y el tiempo para freír, esto lo hacía con mucha habilidad al
tiempo que llenaba bolsitas que iba poniendo en el aparador, de vez en cuando
las probaba y luego les ponía sal y chilito. Cuando acababa con eso, comenzaba
a llenar bolsas grandes que pesaba en una báscula, esas eran encargos para
fiestas infantiles y barras de dulces.
El piso había adquirido el color del aceite quemado, de
nada servía el cartón que se ponía, la pared a un lado del cazo daba pena, el
humo se había pegado en el techo y quién sabe en qué arte se hicieron como
lazos empanizados de cochambre que seguramente eran telarañas. El cocinero no
usaba guantes así que con las manos que recibía el dinero de la venta de las
bolsitas, revolvía las papas para que se salaran, se rascaba y ya entrada la
noche le daba tragos a su caguama. El lugar tenía las paredes despintadas y ya
que se apagaba la luz, estaba infestado de cucarachas pues ahí mismo se
almacenaban los costales de papas que a veces tenían una que otra echada a
perder, pues no daba tiempo de hacerlas todas y sale más barato comprar al por
mayor. Mientras que él se veía que se bañaba poco, además traía las uñas largas
al igual que el cabello, la ropa que usaba para fritar era la misma que la de
andar en la calle y no se la cambiaba seguido.
Aun así, no paraba de vender, no se daba abasto y hasta
colocó un letrero que decía que si se ponía más salsa de lo normal se cobraría
extra y la vitrina casi siempre estaba llena de papas saladas, con salsa de
habanero y azules, también de chicharrones y chetos naranjas y verdes, atrás se
apilaban las bolsas por kilo. Todo el día lo mismo, hacer papas como si de eso
dependiera el equilibrio de esa esquina y puede que sí, pues los choferes, los
que esperaban, los que pasaban, la pastora y hasta el cocinero comían de esas
crujientes botanas.
Las cosas hubieran seguido así y no hubiera cambiado
nada, ni para bien ni para mal, hasta que ese viernes algo dio un vuelco.
—Aquí están tus papas, pastorcita, te las estaba
guardando —dijo el cocinero, mientras ella sonreía.
Hasta ahí todo hubiera quedado en una sonrisa cómplice,
pero durante ese día siguieron los piropos: bomboncito, gordita, pastorcita,
cariñito. Además de las canciones dedicadas que el cocinero cantaba con
verdadero sentimiento, todo este absurdo tuvo su momento cumbre cuando el
cocinero dejó las papas en el aceite y se le quemaron, pero había una razón,
salió a defender a la pastora, un microbusero la había ofendido: “¡órale, chingá!
Gorda dientes chuecos que no tengo tu tiempo”. No hubo golpes, pero el cocinero
le dijo de todo, se subió al microbús, manoteó y amenazó, mientras que la
pastora sentía que la rescataba un caballero andante.
Algo había pasado, estaba en el aire, en el olor de las
papas, en el humo de los microbuses y combis, ese viernes el cocinero compró
cervezas y ya tenía botana. A las ocho con treinta pasó la combi de la pastora,
pero esta vez no se subió, estaba adentro del local sentada en su banco a un
lado del cocinero, sabía que la cortina pronto se bajaría y que la iban a pasar
muy bien.


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